enero 14, 2026,

El poder de las palabras
por Gabo Martinez

Hace unos días vi una entrevista de Sabina Berman a Iñárritu. Entre los muchos temas que tocaron hubo dos que me llamaron la atención: el primero, la muerte de la verdad —nada grave, apenas el colapso del concepto que sostiene a la civilización— y el segundo, cómo la tecnología está cambiando silenciosamente la forma en que pensamos. Nada que nos dé ansiedad, claro.

Sobre el primer tema me puse a investigar. Encontré varios artículos y un libro de Michiko Kakutani (libro que aún no termino, pero ya estoy en ese punto donde sientes que si no lo acabas hoy, al menos lo sueñas mañana). Kakutani profundiza en cómo la verdad objetiva ha perdido valor frente a opiniones, emociones y ocurrencias bien maquilladas. En resumen: la era digital no democratizó la palabra… institucionalizó la mentira. Y como diría mi Mamá cuando comparte cadenas por WhatsApp: “si lo repiten mucho, debe ser verdad”.

El mejor ejemplo reciente fue la locura alrededor del 3I ATLAS, un objeto interestelar que visitó nuestro sistema solar. Intentar encontrar información científica sobre él fue como tratar de encontrar silencio en TikTok. Entre videos de conspiración, afirmaciones de que era una nave espacial, teorías de invasiones y gente asegurando que escapaba de algo más grande, uno empieza a sospechar que la verdad no está muriendo: ya dejó el testamento.

Pero entre tanto caos, algo sí me quedó clarísimo: el poder brutal de las palabras. Cómo se esparcen, se deforman, se amplifican… y terminan moldeando lo que la gente cree.

Es irónico que quienes trabajamos en comunicación a veces olvidemos esto. Escribimos campañas, slogans, posteos, cabezas de espectaculares… y a veces tratamos las palabras como si fueran relleno, cuando en realidad cada línea que soltamos puede mover percepciones, emociones o incluso decisiones. Estamos tan acostumbrados a teclear sin pausa en un Word que a veces olvidamos que cada palabra tiene un peso, una intención y un efecto.

Y no solo en lo profesional. También en lo personal olvidamos el impacto de lo que decimos. Las palabras que usamos entre nosotros pueden convertirse en el soundtrack mental de otra persona… para bien o para mal. Olvidamos que esas palabras se quedan en nuestra mente, generan pensamientos, acciones y reacciones. 

Si yo a un trainee le digo que lo que escribió está “mal, muy mal, lo-peor-que-he-visto-sin-exagerar”, quizá nunca vuelva a escribir con ganas. Peor aún: quizá sí escriba… pero con un temblor en el ojo. En cambio, si a alguien que escribe mal pero tiene disciplina le digo que tiene potencial, que aún no llega pero puede lograrlo con guía y práctica, después de un tiempo lo creerá. Y esa confianza —sumada a una buena dirección— es combustible para convertirse en un gran redactor.

En fin, me alargué con el primer punto… típico. El segundo lo platicamos en el próximo texto, antes de que la verdad termine de morirse del todo.